Neneca y la mirada.
Mi madre fue una mujer joven entre 1960 y 1970 en un país rico pero desigual, culturalmente europeo y socialmente androcéntrico. Hubiera querido ser, pero se acomodó en el estar y su vida adulta transcurrió entre masticar la rabia por la diferencia entre esos dos verbos y la ilusión de que sus hijos hicieran lo que ella no pudo. Mi hermano, que heredó su saber estar liviano y yo, que heredé su capacidad de admirar la belleza, estábamos siempre en la luz de su mirada.
Mi madre fue una madre angustiada y compleja, a la que le tocó una hija cuestionadora, vital y... compleja. Fuimos, la una para la otra, un espejo donde mirarse y ver invertido en él, lo que queríamos y lo que no queríamos ser. Fuimos compañeras de viaje: en todos los míos estaba presente ella. Cada vez que estuvo a mi costado y también cuando se quedaba en el país en el que vive su ancla mayor (su hijo), Neneca estaba entre las plumas de mis alas. Por ese estar yo hablé inglés, apre(he)ndí catalán, y hoy hablo francés. Porque ella estaba, mi casa está en territorio francés y mi hogar está en un bosque catalán, que ahora miro por la ventana.
Gracias, madre.

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